Os siento, siento vuestras voces y leo vuestros pensamientos. En un tiempo lejano descendí a la tierra, para muchos como visión, para otros como realidad de carne, con forma de muchacho rubio, para dar ayuda, no conocido como Miguel, conocido como muchacho.
La última vez fue un 29 de septiembre, y después volví para siempre a mi Gloria. Así, después de aquel santo día comencé a elegir a mis Milicias, también de los de entre la tierra. Mis Milicias formadas por Ángeles, por muchachos puros, por santos puros.
Pureza de una espléndida juventud. Con altos sentimientos, con bondad deseada no con ingenuidad sino con consentimiento.
Mi amada Milicia.
No es una leyenda, es la más grande Verdad de entre las otras Grandes Verdades, la existencia de las Fuerzas Santas. El mal avanza, pero avanzan mis soldados, siempre más fuertes, siempre más conscientes, siempre más numerosos.
¡Cuántos de estos muchachos son llorados como perdidos!
No todos los padres tienen la sabiduría que ha sido por Gracia a vosotros concedida. Ningún puro, ningún bueno ha sido jamás, sino puesto al seguro para darnos a vosotros seguridad, para dar al mundo ayuda y salvación.
La Armonía Divina no elige al acaso, se prepara y los prepara ya en la tierra a aquellos que adornarán el Cielo.
Yo, Miguel desciendo a menudo a vosotros que me conocéis y que conozco.
Tú M., que yo bien conozco, sé dónde éstas y te vigilo, tú Giuliana y tú Luigi, mi saludo es para vosotros desde mi Cielo y desde mis Milicias.
Pax et Gloria. Miguel
Fuente: Libro Mensajes de San Miguel Arcángel / por Giuliana Crescio