Glorioso Arcángel, cuya fidelidad y sumisión a las órdenes de Dios te ligan tan constantemente con el mantenimiento de su Gloria y los intereses de los hombres, emplea en mi favor este crédito inseparable de la felicidad que disfrutas, lleva al Trono del Santo de los Santos todos los votos que yo entrego hoy en manos de tu poderosa protección, cuida las necesidades del cual tu fuiste por tanto tiempo el Patrono especial y que, luego, fue devoto de tu Reina tan sólo para acrecentar, por tu mediación ante Ella, nuestros recursos y nuestra defensa: elimina y aleja de nuestro pueblos todo lo contagioso que el desarreglo de las costumbres, la herejía y la impiedad intentan esparcir.
Vencedor en los ataques de Lucifer contra la Majestad del Altísimo, no permitas que triunfen en tu herencia y que la hurten al Redentor, que la conquistó con su sangre.
Y finalmente tu que tienes el encargo de presentar nuestras almas al Tribunal de Dios, en el instante de nuestra muerte, coloca en la Apia un empeño de caridad durante toda mi vida, y de salvaguardia en el instante en que mi vida termine.
Amén.
Fuente: Libro: San Miguel, ¿Quién como Dios?, Fundación Jesús de la misericordia.