Cuando, en medio de la noche, Aubert derramó sus humildes y fervientes plegarias, según su costumbre, en Presencia del Rey de los Cielos, de pronto, Miguel bajó del lugar bienaventurado.
Ordena el Pontífice que construya un templo en su honor y para la gloria de los nueve Coros angelicales, en la montaña que, desde hace mucho tiempo, lleva el nombre de Tombe.
Aubert no se apresura: vacila en obedecer tal orden. Pero Miguel se le aparece de nuevo, le reprocha severamente su lentitud y le presiona para que emprenda la obra. El pontífice pone manos a la obra; y traza los cimientos del templo santo que deberá construirse en ese lugar.
Ni bien el edificio está construido, el Obispo llama allá a unos Religiosos que deberán consagrar su vida a cantar dignamente las alabanzas del señor.
Luego toma de las tumbas de los Santos mártires las cenizas y los huesos que allá se veneran, y enriquecen el nuevo templo
con estos preciosos despojos. El francés ama ir a ese santuario a buscar socorro en el peligro; allá corre, lleno de dicha a cumplir sus votos y agradecer a Dios.
Gloria eterna al Padre, soberano del universo; Gloria eterna al hijo, el igual al Padre; la misma Gloria al Amor Divino del Padre y del hijo por la Eternidad. Amén.
“ …Se ve que cada una de estas tres figuras: Miguel, Gabriel, Rafael, es un reflejo particular de la verdad contenida en el asunto presentado por el autor de la carta a los hebreos: “Todos estos espíritus, ¿no están acaso encargados de un ministerio, enviados para servir a los que deben llegar a poseer la salvación?”. Juan Pablo ll
Fuente: Libro: San Miguel, ¿Quién como Dios?, Fundación Jesús de la misericordia.